viernes, agosto 24

Cronotopo

 Marta y Susana -sus nombres son otros, pero bien podrían ser esos-, son amigas de mi mamá desde hace casi 40 años. Las tres se conocieron trabajando en American Express. Mi vieja siguió ahí como administrativa hasta que comenzó a ejercer como psicoanalista (cursó toda su carrera trabajando ahí). Susana, analista de sistemas, estuvo varios años más, y luego se pasó al entonces Movicom, en donde mi viejo comenzó a trabajar en los noventa gracias a que ella lo hizo entrar. Marta, traductora, fue la única que se quedó: hace unos meses se jubiló después de toda una carrera desarrollada ahí.
 Marta y Susana están desde siempre: estuvieron ahí el día en el que mi papá la pasó a buscar por primera vez a mi mamá, cuando empezaron a salir. Lo espiaron por la ventana, le avisaron a mi mamá que llevaba botas texanas y que estaba pintón. Sí: pintón. Estuvieron ahí cuando, tres meses después, mis viejos les avisaron a todos que se casaban, con mi madre embarazada de mi hermana. Las hijas de las tres somos amigas. Mi hermana es la más grande, y yo soy la más chica. Pasamos nuestras infancias comiendo asados en la casa de Susana; en Tortuguitas primero, en Pilar después. Ahora nos vemos poco. Nos queremos. En marzo estuvimos en el casamiento de L., la hija mayor de Marta. El tiempo será implacable, pero también es maravilloso.

El viernes pasado fue el cumple n° 28 de D., la hija  menor de Marta, actriz y profesora. Ese día fue muy pesado. Tengo, hace varias semanas, días muy pesados. Estoy, como se dice en las telenovelas, colapsada. No literalmente, por supuesto, sino en su sentido emocional habitual. Debería dejar de cursar veinticinco horas semanales, para empezar. En fin. A raíz del paro docente universitario (que culmina ya su tercera semana), me fui de la facultad relativamente temprano y decidí ir a cenar a lo de mis viejos. Cuando llegué, mi vieja me contó algo muy bello. Más temprano, se había juntado a tomar el té con Marta y Susana. Marta tenía algo para contar, pero le daba vergüenza. Susana la alentaba. Mamá miraba, divertida y expectante. Marta empezó a hablar de Pepe. Mi vieja no cazaba un fulbo. Pepe, neurólogo, había atendido a su madre hace muchos años, y la trató también a Marta cuando tuvo un accidente. La cuestión es que Marta -esa introducción ya lo estaba deslizando-, se puso de novia con Pepe. Marta tiene 66 años. Pepe, 88. Creemos que Marta está enamorada. No doy más de las ganas de conocer a Pepe. Papá dice que deberíamos apurarnos. 

5 comentarios:

  1. Lindo volver a leerte.
    (Envidiable tu síntesis, en tres párrafos decís todo).
    Ese Pepe es un asalta-cunas (?), jaja

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  2. jajaja papá tiró un consejo no menor

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  3. Opino igual que efedefede, hágale caso al pinton de tu viejoooo
    Aunque mira si en una de esas en un tiempo te toca ir a conocer X, el hijo de Marta y Pepe, también hijo de la Sra Ciencia. Quién sabe, el tiempo también es así

    Es bueno saber que asunto quinta continúa
    Beso

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  4. 22 años, que lindo... en eso si que la diferencia no importa eh... aunque sean solo unos años de amor son demasiados... saludos a toda esa gran familia!!

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'Casa-quinta' es una palabra compuesta por una casa y un jardín.