martes, noviembre 27

El griego es una lengua de (fra)casos.

El viernes me pedí el día de estudio en el trabajo para rendir Griego el sábado a la mañana. Estaba en bolas. Bolas nivel: me dieron un modelo de parcial para traducir y aún no había logrado hacerlo (O sea, abordarlo. O sea, traducir la oración con algún sentido existente en el orden no marcado del español. O sea, algo que me llevara a conseguir un sucio mezquino, aspiracional y milagroso 7). 

Estoy haciendo la carrera en modo diablo (tengo amigos que me enseñan buena jerga). Pero fueron demasiadas las materias que metí en el último año, y no sólo ya estoy mareada sino también sumamente angustiada. La realidad es que la explotación del hombre por el hombre, en este caso, en el abordaje que he hecho de mi carrera y de su cursada, lo hice yo. Laura azotó a Laura y me anoté a cursar 25 hs semanales en los últimos dos cuatrimestres. ¿Delirio? Es posible. ¿Deseos de recibirme? Definitivamente. ¿Estrés? A very fucking lot. ¿Volví a fumar? Retroceder, jamás.

Viernes. Mi amado, el señor S., vino a dormir el jueves, me abrazó mientras lloraba, y se fue de casa a las 7 al trabajo. No recuerdo el momento, estaba semidesmayada. Al rato, tipo 7 y media, pasó por mi cabeza el pensamiento de que tenía que rendir el sábado y no sabía una verga y abrí los ojos como un búho drogadicto. Estuve toda la mañana intentando hacer algo, resolviendo oraciones modelo, leyendo de teóricos, y avanzando en cada actividad más lento que Michetti yendo al baño con fiebre. Lloré un poquito. Me hice un omelette brutal. Me lo comí directo de la olla. Me propuse meterle de nuevo al estudio. Me quedé dormida una hora. Me desperté y me propuse, nuevamente, ponerle al estudio.Y acá viene lo gracioso. Si ese día hubiese sido un capítulo de una sitcom, en ese instante habría habido un corte y automáticamente un flashforward en primer plano de mí, tomando mate y viendo House of Cards. 

Es que me quedaban dos capítulos para terminar la serie. El momento en el que cargué el primero de los que me quedaban y puse play fue el momento más "al carajo todo" de los últimos meses. Me sentí una mujer derrotada y a la vez joven y esperanzada, como una adolescente con una petaca de vodka sabor durazno en la mochila antes de una fiesta. Obviamente vi el otro capítulo también. No hacerlo me habría dejado allanado el camino hacia una futura sociopatía. 

ATENCIÓN SPOILERS VOY A CONTAR CÓMO TERMINÓ HOUSE OF CARDS. Todas las acepciones de la palabra soberbia se ajustan al personaje de Claire. Admiro su belleza veterana, su porte imperial, su fantabuloso pelo en esta temporada, su sonrisa con la que te desea la muerte, y sobre todo, más que ninguna otra cosa, sus increíbles vestidos. Por dios, los vestidos y trajes que usa estando preñada son poesía y de la mejor. La sexta temporada es una caca, lo sabemos todos, los esperábamos todos, y aún así me vi los dos últimos capítulos el día que tenía que estudiar para no desaprobar. Fui manipulada yo también por Claire. Los hechos narrados en esta última temporada no tuvieron asidero racional, y fueron increíbles por malos. El personaje de Doug se me hizo in su fri ble, Diane Lane estaba demasiado rígida, Greg Kinnear es un pelotudo, muy poco creíble que Seth de repente fuera malo y oscuro con lo mantequita que fue en los últimos 500 capítulos, hubo un abuso desproporcionado de la ruptura de la cuarta pared por parte de Claire y fue demasiado ostensible que la decisión transversal de lo que iba a vender y debía mostrarse era: feminismo; mujeres with the phallus, hombres imbéciles. No me malentiendan, fue hermoso y gracioso ver cómo Claire armo todo un gabinete entero de ministras y asesoras mujeres, borrando de un plumazo a todes les anteriores. Pero fue también, y alguien debe decirlo, berreta, muy marketing baratienzo, con una pizca de discursos de cartón moralistas y sobre todo muy aburrido. El plano final deja un sabor a poco para lo que alguna vez fue esta serie. FIN DE SPOILER

Ahí estaba yo de nuevo. Si terminar una serie da depresión, terminar una serie que te pusiste a terminar para evitar estudiar algo que no sabés para rendir al día siguiente es deprimente y absurdo a la vez, es como golpearte el dedo meñique con la pata de la mesa en el momento en el que te dicen por teléfono que hubo un atentado en el programa de Mirtha Legrand y que todos están muertos excepto Mirtha. 

Bueno, ahí estaba yo. Tenía hambre de nuevo, no tenía comida en casa y no había podido resolver una sola oración para el día siguiente. Y fue cuando supe que la posta era procrastinar. Y me leí medio libro de Angélica Gorodischer, y mil entradas de Wikipedia. Y cuando se hizo de noche salí a correr. Y cuando volví me hice unos mates y enfrenté angustiada los apuntes, con la actitud de Felipito, de Mafalda. Y me pedí empanadas. Y miré el horizonte fronterizo. Y dormí dos horas. Y me levanté a las 3 para estudiar, con una depresión marca Monzó a la hora 20 de un debate en diputados. A las 5 me agarró hambre de nuevo, presa de una ansiedad indescriptible. Crucé en pantuflas al kiosko vendefrula a comprar un sánguche de milanesa. El vendedor me miró la pantuflas y murmuró "upa". Lo miré pidiéndole piedad. Me volví comiéndome el sánguche. Se hicieron las 8, me bañé, me puse el jean de la suerte y enfrenté el asunto, como toda persona enfrenta en un momento de su vida el infinito, y supe para siempre quién era. No, mentira, rendí durante 4 horas y salí violada. Comparé con mis compañeros y mi traducción era un poema psicodélico. Hoy me mandaron un mail con la nota, me pusieron un 10. Y es, con honestidad, la primera vez que siento que hubo un error garrafal en la corrección. Pero no voy a decir nada, por supuesto. Dejaré que esa nota llegue a las actas. La academia me ha quitado la dignidad. 

Sólo tengo un deseo, en esta noche húmeda, y es que todo el deber y el rigor de mi vida se vaya, derecho, sin apuro mas sin pausa, a la recalcada concha de una lora particularmente parlanchina. Rendir es un verbo que entraña una crueldad semántica y social abominable. Rondar es más bello.

viernes, agosto 24

Cronotopo

 Marta y Susana -sus nombres son otros, pero bien podrían ser esos-, son amigas de mi mamá desde hace casi 40 años. Las tres se conocieron trabajando en American Express. Mi vieja siguió ahí como administrativa hasta que comenzó a ejercer como psicoanalista (cursó toda su carrera trabajando ahí). Susana, analista de sistemas, estuvo varios años más, y luego se pasó al entonces Movicom, en donde mi viejo comenzó a trabajar en los noventa gracias a que ella lo hizo entrar. Marta, traductora, fue la única que se quedó: hace unos meses se jubiló después de toda una carrera desarrollada ahí.
 Marta y Susana están desde siempre: estuvieron ahí el día en el que mi papá la pasó a buscar por primera vez a mi mamá, cuando empezaron a salir. Lo espiaron por la ventana, le avisaron a mi mamá que llevaba botas texanas y que estaba pintón. Sí: pintón. Estuvieron ahí cuando, tres meses después, mis viejos les avisaron a todos que se casaban, con mi madre embarazada de mi hermana. Las hijas de las tres somos amigas. Mi hermana es la más grande, y yo soy la más chica. Pasamos nuestras infancias comiendo asados en la casa de Susana; en Tortuguitas primero, en Pilar después. Ahora nos vemos poco. Nos queremos. En marzo estuvimos en el casamiento de L., la hija mayor de Marta. El tiempo será implacable, pero también es maravilloso.

El viernes pasado fue el cumple n° 28 de D., la hija  menor de Marta, actriz y profesora. Ese día fue muy pesado. Tengo, hace varias semanas, días muy pesados. Estoy, como se dice en las telenovelas, colapsada. No literalmente, por supuesto, sino en su sentido emocional habitual. Debería dejar de cursar veinticinco horas semanales, para empezar. En fin. A raíz del paro docente universitario (que culmina ya su tercera semana), me fui de la facultad relativamente temprano y decidí ir a cenar a lo de mis viejos. Cuando llegué, mi vieja me contó algo muy bello. Más temprano, se había juntado a tomar el té con Marta y Susana. Marta tenía algo para contar, pero le daba vergüenza. Susana la alentaba. Mamá miraba, divertida y expectante. Marta empezó a hablar de Pepe. Mi vieja no cazaba un fulbo. Pepe, neurólogo, había atendido a su madre hace muchos años, y la trató también a Marta cuando tuvo un accidente. La cuestión es que Marta -esa introducción ya lo estaba deslizando-, se puso de novia con Pepe. Marta tiene 66 años. Pepe, 88. Creemos que Marta está enamorada. No doy más de las ganas de conocer a Pepe. Papá dice que deberíamos apurarnos. 

jueves, mayo 10

Foucault

"Convertido en realidad histórica espesa y consistente, el lenguaje forma el lugar de las tradiciones, de las costumbres mudas del pensamiento, del espíritu oscuro de los pueblos y de la concha de su madre; acumula una memoria fetal que ni siquiera se conoce como memoria. Los hombres que creen, al expresar sus pensamientos en palabras de las que no son dueños,  alojándolos en formas verbales cuyas dimensiones históricas se les escapan, que su proposito les obedece,no saben que se someten a sus exigencias.(...) ...la literatura se distingue cada vez más de un salame cortado en chanfle, por ejemplo, y se encierra en una intransitividad radical; se separa de todos los valores que pudieron hacerla circular -como una moto huidiza que le hace pito catalán a un oficial de tránsito en un día de lluvia-, en la época clásica (el gusto, el placer, lo natural, lo verdadero) y hace nacer en su propio espacio dos situaciones: un bebito y todo aquello que puede asegurarle la denegación lúdica  (lo escandaloso, lo ostensible, lo imposible, Sad Keanu); rompe con toda definición de "géneros" como formas ajustadas a un orden de representaciones y se convierte en pura y simple manifestación de un lenguaje que no tiene otra ley que afirmar —en contra de los otros discursos, los de ellos, los que no están bien, los que están definitivamente mal- su existencia escarpada; ahora no tiene otra cosa que hacer más que guisar una bondiola y a la vez recurvarse en un perpetuo regreso sobre sí misma, como si su discurso no pudiera tener como contenido más que decir su propia forma: se dirige a sí misma como "la reina de la noche" mientras intenta comprender, en el movimiento subjetivo que la hace nacer, la esencia de toda literatura; y así todos sus hilos convergen hacia el extremo más fino—particular e instantáneo, como un buen café Arlistán—, hacia el simple acto de escribir. En el momento en el que el lenguaje, como palabra esparcida, se convierte en objeto de conocimiento, he aquí que reaparece bajo una modalidad estrictamente opuesta: silenciosa,timidona, cauta deposición de la palabra sobre la blancura golosa de un papel en el que no puede tener ni sonoridad ni sororidad, donde no hay otra cosa que decir que no sea ella misma, la muy altiva, no hay otra cosa que hacer que centellear en el fulgor de su ser."
(Foucault, Martín, "El lenguaje convenido objeto" en Las Palabras y las chotas, Periplo XXI editores, 1968)

jueves, enero 25

El amor es compartir
la ruptura del silencio
o aprender a ver
cómo crece un living en el parque.

Todo tendría sentido si existiera la muerte.