viernes, agosto 11

Orquídeas y transpirations

La abuela de un amigo cultiva -aunque criar sería un verbo más adecuado- orquídeas. No sólo cultiva sino que compite en certámenes nacionales. Algunas semillas se las compra a un bioquímico que se especializa en crear nuevas cepas y mezclar especies. Siempre que pienso en ese bioquímico, me lo imagino medio como el Dr. Moreau. 
La abuela es modista; no sé cuándo comenzó a cultivar orquídeas. Las tiene desde el mismo inicio, y el proceso es largo y cuidadoso, no apto para impacientes. Hay unas que crecen durante dos años en un tubo de ensayo herméticamente sellado. En él están ya todos los nutrientes que necesitan para sobrevivir. Si el tubo se abriera antes de tiempo, habría que volver al punto de partida. El paso siguiente es trasplantarlas a una macetita con tapa. Y ahí unos años más. Y cuando pasan a la tierra, falta mucho tiempo aún para que la planta florezca. Siempre hay orquídeas pasando a tierra, siempre hay nuevas semillas en tubos de ensayo esperando a ser liberadas. Es un continuum vital. O mejor aún: un proceso de aprendizaje. Casi que me atrevería a decir, aunque por supuesto no sería del todo verdad, que el hecho de que la planta finalmente florezca es lo de menos. ¿Tantos años velando por un puñado de tierra por unas flores? Y por flores que no son, ¡perdón!, lo que se dice esplendorosamente bellas. A este tipo de tareas, simplemente les creo. Me parecen que están bien. Creo que habría que luchar por hacer más de éstas y menos de otras.


Me gustaría volver a escribir. Lamentablemente, escribiendo es más difícil asegurar los eslabones del círculo productivo, como con las orquídeas. Pero haré de cuenta que simplemente abrí antes de tiempo un tubo de ensayo, sólo para ver el efecto que producía. Que vuelvo al punto de partida. Que soy una orquídLaura, basta de drogas.


Hoy me desperté acordándome de algo divertido y entrañable. Cuando era chica tenía muchas pesadillas, era terriblemente cagona. Me despertaba en la mitad de la noche, veía mi cuarto a oscuras y abría los ojos como un conejito en una tormenta. Entonces saltaba de la cama y atravesaba corriendo como una velocista el pasillo hasta el cuarto de mis viejos y les pedía dormir con ellos. Dormidos, me cazaban del cuello del pijama y me ponían en el medio. Y yo me quedaba ahí, quieta y firme, con miedo de que me echaran si movía un pie y se despertaban. Al rato estaba toda traspirada y quería salir pero eso implicaba despertarlos; era entonces cuando entraba en una contradicción filosófica de aquellas. Al final comprendía que si se enojaban no importaba porque yo ya quería irme, y me decidía a salir a gatas por el centro de la cama, destapándolos. Juro por mi vida que me acuerdo vívidamente de la sensación de fresco que sentía al caminar por el pasillo vidriado, con el vientito entre el pijama sudado, caminando sin miedo como quien vuelve de la batalla, victoriosa. Todavía era panzona, de esa panza dura, de infancia. Una campeona volviendo a mi cama. Hoy me levanté toda transpirada porque estuve medio enferma los últimos días, y la sensación de fresco cuando caminé hacia el baño fue épica, como cuando era chica. Duró un cachito nomás.