viernes, diciembre 30

Modos de uso

En el colegio al que iba, el pelado de seguridad era el hijo de la encargada de la mapoteca, y uno de los de maestranza de la biblioteca era el padre de mi preceptor de 5to año. De esa cuaternidad vincular, comprendí muchas cosas.
Malú, la reina de los mapas, era una señora muy vieja. Tenía una malformación en un brazo (absolutamente tomado por un edema) y los ojos chinos de Margarita Stolbizer. Siempre que entraba a acercar un mapa a alguna clase de geografía, todos posábamos los ojos en ese brazo gigantesco. Malú era buena. Las dos veces que fui a la mapoteca a pedir un mapa me dijo sí, corazón. Ya falleció. Su hijo era un pelado con cara de malo que estaba en la puerta para, más que cuidarnos, cuidar al mundo de nosotros. Como el colegio tenía tres turnos, nos daban unas credenciales pedorrísimas que decían de qué turno éramos así te difixultaban el asunto ratearse. Obviamente, las falsificábamos. Obviamente, el pelado lo sabía. Sonreía poco y siempre tenia chaqueta de traje. El día de mi entrega de diplomas, lo vi terminar su turno e irse con una remera de los redondos. Me felicitó y dijo algo como quién lo hubiera dicho y algo del paso del tiempo.
Hernán fue el preceptor más permisivo que tuve en ese colegio. Le decíamos Herno. Siempre tenía cara de cansado y hacía la vista gorda si nos encontraba fumando en el patio. El día de la vuelta le tiramos huevos a él también y lo abrazamos. Nunca dejó que la cara de ameba abandonara su rostro. Su padre, sólo diferenciable de él porque tenía el pelo enteramente blanco, tenía el mejor trabajo de la instituxión: arreglaba libros. Me enteré que ya hace varios años hicieron reformas en el colegio, pero cuando yo cursaba había un cuartito mínimo al lado de la biblioteca. Mínimo como un toilette. Estaba ocupado por una prensa manual de encuadernación y una sillita donde él se sentaba. Tenía otras obligaciones dentro del colegio, pero sólo tengo su imagen sentado encuadernando libros antiguos que se habían desguazados por el maltrato juvenil. Sus arreglos eran rústicos, incluso poco estéticos. Pero infalibles. Quedaban libros IronMan. No pensaba demasiado en mi futuro, pero recuerdo reflexionar con seriedad que reparar libros podía ser una profesión muy noble. Que yo podría hacer eso y estar conforme con mi vida.
Me acordé de todo esto ayer. Por intentar atajar un libro que se caía de mi escritorio, me quedé con la tapa en la mano. Con paciencia, característica de la que en general adolezco, busqué cinta y la pegué de nuevo. Quizás lo que hago ahora no diste tanto del oficio del padre de Herno. Tiene que ver con la escritura, con el lenguaje y con las reparaciones. Lamentablemente no dispongo de una prensa manual para reparar las cosas. Pero tengo manos.

2 comentarios:

  1. the one from a while ago30 de diciembre de 2016, 13:34

    ¿viste?
    pasé de nuevo y justo dijo algo. las re cosas dice... y las dice tan bien... ;)

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'Casa-quinta' es una palabra compuesta por una casa y un jardín.