domingo, marzo 20

Dejar abierto el portón

Fui a comer con mis abuelos el sábado. Salí de cursar, compré unos ravioles en La Juvenil y me tomé dos bondis a Urquiza. Mi abuelo había cocinado su salsa especial de ajo y tomate agridulce. Había cerveza sobre la mesa y bondiola, queso y pan para picar.

Mientras mi abuelo seguía cocinando, con mi abuela despejamos primero los temas de conversación fetiche: actualidades, anécdotas recientes de color, trabajo, estudio, amor, Franklin el gato, nueva mudanza. Mi abuelo entraba y salía metiendo acotaciones varias y llenando los vasos.
Me encanta hablar con ellos porque son más que nada recuerdos y yo soy más que nada nostalgia. Ellos tienen 85 años. Raymond Carver se murió como diez años antes de llegar a la cantidad de años que nos separan.

Me empezaron a contar de cuando fueron a la quiebra. Ellos tenían mucha guita. Mi viejo tenía 11 y mi tía 13. Vivían en el centro, y la familia tana de mi abuelo tenía una casa de verano por zona norte. El contador de la empresa, amigo de mi abuelo, lo cagó o era un inútil o las dos cosas, y cuando llegó la hora de rendir cuentas y presentar balances nada cerraba. Terminaron yendo a la quiebra, vendiendo su departamento del centro y yéndose a vivir a la casa de verano familiar junto con algunas tías de la familia, y el hermano de mi abuelo, Oscar, su mujer de ese entonces Celia y los hijos de ambos Oscarcito y Maria Marta.

Durante casi un año mi abuelo vivió durante la semana en un hotel de capital y los fines de semana volvía; mi abuela se despertaba a las 6, preparaba y llevaba a mi viejo y a mi tía al colegio, se iba todo el día con el auto al nuevo negocio que habían montado con mi abuelo y a eso de las 11 de la noche volvían en auto. Mi abuelo iba con ella hasta la estación La Lucila del tren (que quedaba muy cerca de la casa donde vivian) asi mi abuela no hacía ese trayecto sola, y él ahi se tomaba el tren de vuelta a capital mientras mi abuela llegaba a la casa del norte.

Pero lo lindo viene ahora. Mi abuela siempre pedía que le dejaran el portón de hierro de la quinta abierto, así entraba con el auto, lo estacionaba y cerraba ella y no tenia que bajarse dos veces. Pero las yeguas de las tías decían que les daba miedo que se metiera alguien, o algún animal o caballo y siempre que mi abuela llegaba lo encontraba cerrado. Mientras contaba esto mi abuelo la interrumpió: "Pero Elba, por qué nunca me lo dijiste? Sabés el escándalo que armaba"

Mi abuelo tiene fama de bravo y figlio di puttana. Una vez cuentan que mi abuela lo carajeó porque se había olvidado de comprar pan para el almuerzo del domingo, que discutieron a los gritos y que mi abuelo se fue y apareció una hora después con una bolsa de papel madera con más de 15 kilos de pan de todos los tipos imaginables, y que la apoyó en el centro de la mesa y se sentó a comer.

"Pero Elba, por qué nunca me lo dijiste? Sabés el escándalo que armaba"

"Precisamente, Oreste, precisamente"

Y nos reímos. Cuarenta años después.


6 comentarios:

  1. Es de lo más lindo, no se puede decir que no!
    hoy viví masomenos lo mismo, esas comidas con abuelos que todas las semanas hacen nacer las mil y un anécdotas. Esas historias que a veces ni se te pasarían por la cabeza, pum! ahí están, esperando que vuelvan a la memoria para ser contadas. HAAAAAAARMOSO!
    Tengo la suerte de que todavía me queden dos, y disfrutar de eso. pero a veces se me asoma esto de pensar todas esas historias que nunca pude escuchar, de ese par que ya no está.
    Que indirectamente es el incentivo para seguir disfrutando esa compañia :)
    saludetes muchachia

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    1. Y sí, Efedefede. :) Saludetes a usté tambem

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    2. Ahhhh, me dieron ganas de compartir más tiempo con mis abuelas.

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    3. Ahhhh, me dieron ganas de compartir más tiempo con mis abuelas.

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  2. Qué bueno que aún los puedas disfrutar.

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    1. Extraño tus reseñas. Eso, Hugh. Hágase cargo de mi saudade

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'Casa-quinta' es una palabra compuesta por una casa y un jardín.