martes, julio 14

Nadie en la calle

En el estallido de la crisis del 2001, el supermercado Plaza Vea contiguo a la casa de mis padres apareció empapelado con carteles que informaban qué comprar para tener resueltas las comidas de una familia tipo. Mostraban datos de la canasta básica e infografías detallando comida por comida cómo iban a ser distribuidos esos productos adquiridos. El costo de ese combo de artículos de primera necesidad y de segundad marcas era de $620. No sé por qué me acuerdo de esto. Seguro me equivoco.
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Todos notamos todo, me dijo un amigo borracho en una reunión y, aunque no supe a qué venía, tuve que darle la razón. En efecto, todos notamos todo, a pesar de que a veces nos descubramos disimulando porque mucha información duele. Hacemos lo que podemos. A veces podemos poco. El capítulo que todavía escribo da cuenta de mi necesidad de dejar estar advertida en todo momento. De dejar de pensar que por el solo hecho de tener información voy a poder entender.
En el verano de aquella época fui a una colonia pública. Había un campamento de dos días/una noche que se hacía al terminar el verano, y que mis viejos no pudieron pagar porque estaban hasta las manos. Salía diez pesos. Yo tenía diez años. Hoy se me llena el pecho de vergüenza al recordar mi reacción de enojo. Pero me tranquiliza comprobar que las cosas vistas desde cierta perspectiva dejan de ser golpes de puño en el bajo vientre, y vuelven materializadas en fotografías de calidad, de esas que brillan al sol al ladearlas.
Hoy, sábado de sol en el que estoy despierta hace mucho estudiando y cargo con el cansancio justo para recordar, uno historias con una facilidad afectiva demoledora. Como si fuera posible pensarse como la instancia futura de la instancia pasada, y no como un presente continuo desabrido e incomprensible.
Hace unos meses me corté muy mal un dedo cocinando, y salí corriendo a la guardia con la mano aferrando fuertemente un rollo de papel de cocina. Era domingo y encontrar un taxi fue más difícil que dejar de tararear una canción de estribillo pegadizo. Mientras el conductor iba al palo salteándose semáforos, alarmado por mi sangre que amenazaba con mancharle el tapizado, noté que no había personas en la calle. Fue el detalle que se hizo cargo de todo eso que sentía y que no podía explicar, y que se aseveraba con la fuerza que mi mano ejercía sobre el rollo de cocina que chorreaba calmo. El conductor me hacía preguntas a los gritos, y yo confundida lloraba en silencio porque no había personas en la calle. Es una pena que esa sensación postapocalíptica haya aparecido mientras viajaba con el dedo partido como una salchicha sobrecocida. Creo que si me pasara hoy haría un análisis más valioso. Pero hoy no me pasaría.
Mientras tanto el pibe me miraba por el espejo retrovisor, era muy joven, casi como yo, y sé que con mi llanto dejó de querer entender. Cuando intenté pagarle se negó y se ofreció a acompañarme a la recepción de la guardia. Estaba todo transpirado. El trámite fue simple; me cosieron y me largaron a la calle en un par de horas, momento en el cual me di cuenta de que estaba en pijama y botas y con el pelo de Tina Turner.

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Perdí la sensibilidad de la última falange del dedo que señala, me dijeron que no creen que vuelva pero que hay que esperar. Me duele la articulación cuando flexiono fuerte, pero solo es molesto cuando me acaricio la piel con ese dedo, porque hay una información que se emite y no llega y que me perturba. 
Si queremos, si realmente nos sentamos a diferenciar las cosas, la mayoría de los hechos son aislados y pequeños, incisivos y olvidables, hermosos, horribles. Sé que recordamos gracias a las combinaciones que decidimos hacer. Que el recuerdo, ante todo, aunque no solamente, es otra ficción más basada en hechos reales. 

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'Casa-quinta' es una palabra compuesta por una casa y un jardín.