miércoles, mayo 13

PB

Vivir en una planta baja con ventanas a la calle cambió mi visión del mundo.
Mientras escribo esto, una pareja esta sentada en las escalera de un edificio de enfrente discutiendo ferozmente. Se adivina por los ruidos y las interjecciones de él que ella ya le pegó unas cuantas veces. De él solo logré escuchar las palabras perdón, pará y loca. Ya pasó un patrullero que se acaba de ir. Nadie puede interceder en esa fragilidad que se adivina en las relaciones profundas. Nadie sabe qué pasa. Y ellos siguen gritando. Se escuchan también persianas que se cierran: nadie sabe qué pasa y quieren que eso siga siendo así. No basta con las miserias personales para que un miércoles a las diez de la noche alguien te enrostre que la miseria no empieza con tu angustia y no termina con el análisis que puedas hacer de ella.
 Desde que me mudé presencié dos accidentes de tránsito mientras cruzaba la calle para entrar a mi edificio, y fui testigo lejana de otros tres desde el cobijo de las paredes de mi casa. Creo que el ciclista que asistí en uno de ellos, que fue embestido por un auto que se dió a la fuga, se murió en el hospital. No tenía muy buen pronóstico.
Cuando dejé la carrera de Medicina fue como si alguien me hubiera quitado el disco duro de la fragilidad del cuerpo; creo que fue por eso que cuando me tocó ver a ese tipo sangrando en el suelo me quedé en shock y lo primero que pensé fue que se iba a morir a mis pies. Era muy gordo y había volado por encima de un auto, aterrizando directamente con el tórax en el asfalto. Cuando llegué hasta él al mismo tiempo que un voluntario de la cruz roja, desvariaba e intentaba decir cosas que no alcancé a entender. Tenía las claviculas fracturadas y escupía sangre, probablemente por alguna perforación pulmonar. Cuando la ambulancia -que tardó 15 minutos en llegar a pesar de que nos encontrábamos a 1a cuadra del Hospital Durand- se fue, me enteré por un policía que el hombre se llamaba Enrique. El policía era tan gordo como el hombre que se fue entubado en la ambulancia. Perdón si esto muy crudo. Ojalá la pueda contar.
Desde que vivo acá me robaron tres macetas que tenía en la ventana, una de ellas con una planta de flores amarillas que me gustaba mucho. También me dejaron un jazmín clavado en la tierra de la maceta que alberga unas alegrías del hogar modelo Terminator, que sobreviven a pesar del clima, del poco sol que les llega y de mi precario cuidado.
Una madrugada de fin de semana pasó un chico cantando serenatas con su guitarra y se quedó parado en la entrada de un edificio de enfrente, evidentemente cantándole a alguien. Era tan emocionante lo que estaba pasando que, a diferencia de mis vecinos que se encargaron de manifestar su disconformidad con lo que sucedía, no tuve corazón para decirle que se callara y me banqué como una campeona el concierto improvisado. Cantaba feo.
A las 7 y 15, de lunes a viernes, pasa un padre con sus dos hijos en edad escolar charlando animadamente en el obvio trayecto hacia la escuela. Son un reloj suizo los hijos de puta. 7 y 15. Creo que los quiero un poco.
Como además vivo pegada a la entrada del edificio, escucho el clic apagado que hace el portón cada vez que alguien sale o ingresa. Hay unos vecinos que piden mucho delivery de helado, son una pareja joven que bajonean a morir sobre todo los jueves y viernes.
La pareja que peleaba cuando comencé a escribir esto desapareció. Así son las cosas.
Al principio pensé que no me iba a bancar tanta exposición externa, que iba a enloquecer. Demasiadas influencias ajenas, demasiada violencia del afuera, demasiada conversaciones escuchadas al pasar de gente que ignora que, del otro lado de esas ventanas con cortinas acanaladas, se encuentra alguien que intenta hacer algo y se ve interrumpido por esa invasión que jamás fue solicitada. Ahora ya me acostumbré. Es como si fuera una melodía más que se acopla a lo que este haciendo. Solo noto lo que en ese momento puedo y quiero notar. Como cuando tenés un yeso y de repente ves gente enyesada distribuida uniformemente por toda la ciudad. O como cuando alguien te da un beso heavy que desestabiliza tu estructura desde la más ínfima célula y las calles parecen estar plagadas de poesía y de gente buena.
Tomo lo que quiero y lo que ronda la sintonía que estoy atravesando, y dejo ir el resto. Es la única forma.
Es la única forma.

3 comentarios:

  1. Creo que no podría empezar por ninguna palabra para explicar lo que fue leer esto. Empecé con creo, y no estoy convencido, así que reafirmo:
    De seguro, esto es lo mejor que leí esta semana. Eso incluye un par de carteles ocurrentes en una pared y un poema de un libro que compre hace poquito. Si fuera más humano, tal vez saldría de la pantalla, me pediría permiso e invitaría unos mates, y eso es lo que hace tan hermoso leer esto, que te invita unos mates-mentales interesantisimos.
    No se, por ahí ya deliro.
    Gracias por escribir

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    1. :) Gracias, Manú. Me hizo muy bien escribir esto. Olvidé aclararlo, fue escrito entre las 22 y las 22:25 de la noche del miércoles. Fue como una retrospectiva que necesitaba hacer hace rato.
      Ayer pasó algo hermoso, al principio triste, pero hermoso. A las once de la noche, yo volvía de rendir un parcial y recién abría la puerta, se escuchó un paff con otros ruidos ambiente, y un gato empezó a maullar salvajemente. Se entiende, ese maullido de pedida de ayuda, no de pedido de amor o juego. O quizás también de pedido de amor, ya no sé. Como sea, me asomé y vi al gato obeso más lindo de la tierra tirado abajo de la ventana de mi cuarto, no se levantaba. Con el corazón estrujado, (los gatitos me pueden), sali a la calle a ver qué onda. Era Fidel, el gato de la mina del 3ro que se había caído del balcón. Lo levanté y lo acaricié, estaba todo suave y tembloroso. Y luego lo llevé con su dueña que no entendía cómo le tocaba el timbre para darle su gato cuando ella pensaba que el chabón estaba durmiendo lo más pancho en el living.
      Estas cosas tiene la experiencia Asunto PB.
      Aguante Fidel.

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    2. Acá el querido Severino volvió a casa despues de 2 semanas desaparecido. Parece ser que mucha guerra no le dieron, tal vez sea por su pinta de malo al tener un solo ojo, o por que es mas vivo y no se mete en disputas que no le incumben, la cuestión es que tengo al gato mas hermoso del mundo de vuelta en casa, tras haberse escapado gracias a las ventajas justamente de vivir en planta baja.
      Aguanten los gatos
      Aguante vivir en PB
      aguante todo

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'Casa-quinta' es una palabra compuesta por una casa y un jardín.