lunes, mayo 18

Historia

Hace unos años una noche, volviendo de jugar un amistoso en Olivos, me subí a un 93 vacío y me senté adelante de todo, en el asiento que esta cerquita del chofer. No sé cuándo empecé a tener la costumbre de sentarme ahí si viajaba de noche y no había nadie o poca gente en el bondi, siempre me hizo sentir más segura. Una boludés poco fundamentada, ya que si entran a afanar, cagamos todos la verga por igual (¿No es acaso poesía esa expresión?). Bueno, basta, no sé, al menos zafo parcialmente de un hurto si me quedo dormida, o de un acoso sexual. Reparos de filosofía de clase media.
Me senté efectivamente al lado del chofer y empezamos a charlar. El tipo había estudiado historia cuatro años pero había abandonado la carrera para tomar un laburo de más horas cuando con su mujer se enteró de que estaban esperando un hijo. Que siempre había pensado en retomar pero que a veces las circunstancias, las otras, lo frenaban. Hasta que cruzó la Gral. Paz viajamos directo y fumando, yo me abrí la ventanita y apoyé los pies en la baranda, un jolgorio; la segunda persona se subió recién bastante entrados en capital. Fue el viaje más relajo que viví en un transporte público.
Cuando estábamos por la altura de Drago se rompió el pestillo que mantenía cerrada esa guantera larga que tienen los bondis arriba, y yo encontré en mi bolso un gancho tipo mariposa durísimo que le dí para que la cerrara. Ya éramos una dupla creativa. Yo ya no era una pasajera: era su copiloto. Me acuerdo que al bajarme le dije teatralmente, que si nos volvíamos a ver iba a ser en Puan. Me asintió en silencio y nos despedimos con el afecto de extraños que se caen bien.
El viernes me tomé un 93 después de una parva de meses de no frecuentarlo. La guantera tenía un gancho mariposa, mi gancho mariposa, sosteniendo la puertita. Levanté la cabeza para ver al conductor pero no solo no era el de aquella vez sino que todo lo que sucedía era otra cosa. Me carajeó porque no le estaba diciendo a dónde iba, el colectivo estaba llenísimo y terminé viajando amuchada al fondo entre gente malhumorada y triste. Podía ser otro gancho mariposa. Bien podía ser el mismo, el mantenimiento no esta a la orden del día de la línea 93. Pero no, pasaron un par de años. Pero sí, ¿por qué no? Yo no sé cómo funciona esto, si cada chofer tiene su colectivo o si van rotando. Ay. Cuántas cosas que no sé.
Cualquiera me diría que es muy probable que no haya vuelto a estudiar. Pero qué carajo son las probabilidades si cada historia es propia, si los factores son tan distintos, si la normalidad no existe?  Lo que hayas podido hacer no afecta en nada a mi realidad, pero sí a mi humanidad. Ojalá hayas terminado lo que empezaste. Te saludo con el afecto de los extraños que se caen bien.

6 comentarios:

  1. Iba a comentar algo pero después me di cuenta que con lo lindo que es lo que escribiste (y con lo lindo del final) realmente no hay nada más que pueda agregarle.

    Hermosos. La prosa y el destino de volver a ver el ganchito ahí donde hay un recuerdo.

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  2. Qué lindo pero qué lindo, Perezlindo. Que haya sido el 93 lo hace especial para mí también, tatuado para siempre en el corazón de mis bondis donde todo ha pasado y seguirá pasando.

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  4. Sofi: Gracias grandes. Me llevo tu última frase.

    Pola: La vejez de los 93 es una justicia poética demoledora. Mi relación con los transportes públicos esta totalmente afectivizada.

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  5. Esas comunicaciones inesperadas que surgen a veces, en general en transportes públicos, o en alguna cola, están buenísimas. Son más ciertas que muchas de las otras que entablo (uso el singular, no sé a cuántos podría abarcar el plural) a diario.
    Me gusta, también, que haya terminado así, ahí, sin segundas partes que podrían quitar ese halo que lleva a recordarlas tan bellamente.
    Aunque, claro, en mi otro hombro un duendecillo menos dolinesco me dice que habría sido mejor entablar alguna forma de contacto, que, incluso, podría servir de acicate para retomar el camino de las aulas.

    Respecto de la forma de trabajo, en casi todas las líneas hay choferes fijos en algunos coches y otros que rotan. En algunas, hay más fijos, y en otras, hay más que rotan.
    Y ser fijo es como un galardón.

    Por cierto, conozco lateral, tangencial, virtualmente a un chofer de la 93, uno fijo y de larga data en la empresa, de cuando tenía otros colores, algunos vivos rojos y otros negros, y en el cope de tu relato le pregunté si conocía a algún compañero que hubiera estudiado Historia, pero me dijo que no. Así que quizá tu chofer era poco dado a hablar de esas cosas en el laburo, ja.

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  6. Nslg! No sé por qué pensé que te estabas reservando algo, y cuando empecé a leer el último párrafo me moví en la silla expectante. Una pena que no lo conozca. Ahora debe tener 35 años ponele.
    Tampoco sé muy bien qué fibra íntima tocan estas cosas, capaces ellas, de desestructurar tan fácilmente las rutinas.
    Yo creo que el contacto habría quitado cualquier posibilidad al mundo de ser mejor. Habría dado por tierra la potencialidad de entender que los encuentros fortuitos, con la última palabra pronunciada, tienen un poder que no analizamos nunca, y que hace que, cuando te tomes el tercer mate, cuando esperes a otra persona que acaba de entrar al edificio antes de cerrar la puerta del ascensor, y cuando quieras darle un beso a alguien pero duerme tan bien y no lo hagas para no despertarlo; sepas que mañana, o la semana que viene, o algun día, tenés la posibilidad de hacer las cosas de un modo diferente. Y esos insights son a la vez una trompada bien conectada, derecho a la quijada, y un abrazo incrustado en el que tu perfume y el suyo se abrazan también. Besos van, querí

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'Casa-quinta' es una palabra compuesta por una casa y un jardín.