jueves, enero 15

Al pie del cañón

Tiré un título gastado, si me lo permiten, pero es menester.
Muchos otros ya se preguntaron cuál es dónde esta la partícula fundamental que nos falta para sentirnos satisfechos. Y qué es, sobre todo, lo que nos impide ir a por eso. Hacer lo que nos gusta. Tirarnos a la pileta. Tirotearnos en la pileta. No, eso es otra cosa. Rewind.
Cuando la primavera aun correteaba moza estaba yo tomando mate en la mañana de un sábado en casa (ya expliqué con anterioridad que las mañanas de los sábados me gustan mucho -cuando no se tiene que trabajar y no se duerme por dificultades técnicas de la noche anterior, por supuesto-). Momento, Laurel, acabas de hacer una aclaración adentro de una aclaración? Sí. ¿Y estas manteniendo una conversación con vos misma? Sí, me respondo y todo. A lo que iba.
Marcotemporoespacial: primavera temprana, casa, mañana, sábado, infusión gaucha.
Estaba muy tranquila mirando las plantas de la ventana y juntando fuerzas para levantarme y regarlas cuando un rayo conceptual me atacó. Hubiera podido asegurar, si alguien me lo hubiera exigido, que estaba teniendo un momento muy lindo en el cual no había angustia, ni quilombos, ni Lauritas corriendo por el departamento, ni quéhiceanoche, ni ruidos molestos, ni calor ni frío, ni preguntas sartreanas. Pero me faltaba algo.

 La evaluación no es algo de lo que me jacte, al menos en el sentido estricto del término. Las evaluaciones en mí toman la forma de una discusión parlamentaria que se desliza por una cinta de moebius, y lo peor de todo, suceden después de la decisión tomada. En mi barrio a eso le llaman alpedismo crónico. Son un poco crueles en mi barrio.
Cuando decidí volantear a lo loco con mi auto metafórico(Fah!), hubo ciertas aspectos de la culpa católica internalizada que hicieron un montón de batucada en mi cabeza.
Todos tenemos una veta de pensamiento más o menos estridente a la que me gusta llamar Doña Rosa (a partir de ahora, D.R.) Y D. R. tenía una opinión muy robusta de mis habilidades para comandar el barco de mi vida. Prácticamente inexistentes, casi que la estoy oyendo.
-Venías bien, por qué esto?  Qué pensas hacer, trabajar como un cerdo transpirado, empezar de nuevo, colgarte la guitarrita, quizás en un par de años dar clases, en treinta publicar un par de papers, o un libro, cantar unas cancioncitas e irte a dormir? 
Y así ad eternum. Es muy jodido el momento en el que ya no te reis de D.R. y empezás a creer que quizás tenga razón. No la tiene, es importante remarcar esta parte. Porque D.R. es D.R., y una es una.

Escuché tantas cosas en este último tiempo que me sorprende tener todavía facultades auditivas.
En momentos de crisis lo único que titila insistentemente parece ser la pregunta de adónde estamos yendo. Cuando estaría bueno empezar por dónde se esta ahí, en ese sencillo instante. Y con quién. Qué sentis cuando te preguntas qué te hace bien. A dónde viajas cuando alguien te pregunta qué te conmueve, o qué es lo que hace que de pronto sonrías cuando vas como ganado en un transportador público a las siete de la mañana.
No parece tan díficil dicho así. ¿Qué te hace bien? No un poco bien. Digo bien, un señor bien, sin dudas en la acepción.

No es necesario dejar legados, ni grandes obras, ni teoremas resueltos. Nadie merece nacer y que le hagan creer eso. Basta de esa seriedad y compostura triste. De proporciones, de mesura impuesta.

¿Serán suficientes algunos escritos distribuidos por ahí, algunas clases dadas con amor, algunas músicas, unos cuantos poemas, algunos besos, algunas marchas y discusiones, algunas puteadas, algunas emociones? Qué se yo. Probablemente no. Pero puede ser un comienzo de algo intenso que no alcanzo a distinguir.

Más que nunca, al pie del cañón.
Besos van.

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'Casa-quinta' es una palabra compuesta por una casa y un jardín.